El transporte público y el vehículo privado:

una perspectiva exploratoria de la propiedad y el poder.

Por: Juan Camilo Villa R.

Resumen

Medellín en la segunda ciudad más grande de Colombia, lo que supone que diariamente miles de personas deben salir a la calle no solo para hacer parte de esa dinámica que conocemos como movilidad, sino para hacer parte como dice Federico Medina de un espectáculo donde se exhibe y se desenvuelve, en una sucesión de escenas, la obra teatral de la vida urbana. Así las cosas, me resulta fácil comprender que no son  necesarias las palabras para comunicar. El cuerpo, y más allá de este, los objetos que usamos, sirven para integrarnos al espacio, al tiempo que participamos de un proceso de comunicación no discursiva (no verbal). El objeto, más que ser entendido como figura, es decir como elemento tangible, debe ser entendido como emisor de significados culturales; justamente porque es allí, en el terreno cultural donde se dan los procesos de semiosis.

Introducción

A continuación planteo una reflexión sobre los usos y significados que en una ciudad como Medellín le damos a los vehículos motorizados y como esto se convierte en un obstáculo para aquellas medidas que tienen como objetivo incentivar el uso del transporte público. Por supuesto, no pretendo desvirtuar el uso del vehículo privado, y mucho menos presumir de tener la solución a un problema que no sólo afecta a nuestra ciudad, sino a muchas otras alrededor del mundo; la contaminación ambiental y el caos vehicular parece ser el precio que ha de pagar el mundo urbano.
Es verdad que el objetivo principal de un vehículo, ya sea motorizado o no, es servir como una herramienta para el desplazamiento de un punto a otro; pero como símbolo trasciende la función y toma un valor simbólico que “proyecta su ser hacia el exterior y origina una amplia red de situaciones de comunicación: es un elemento del espectáculo del poder en la vida cotidiana, atravesado por dos vectores como son la retórica y la poética.”1
La calle es por supuesto el escenario donde se llevan a cabo dichas dinámicas, “la ciudad participa de esta dimensión de la cotidianidad, del discurso que el sujeto va construyendo mediante sus performances figurativas, dentro de un ver contra un ser visto.”2 ”Es el lugar de parecer y del aparecer”; (Imbert, 1988: 243) pero para ello es necesario diferenciarse entre la multitud y revelarse públicamente.
Es justamente en este punto donde el vehículo entra en escena, “como un símbolo más en el cuerpo significante de la sociedad de consumo; que integra el objeto industrial con sus características (producido en serie, planificado y no artesanal) y el efecto social y su valor simbólico: resume las expectativas de clase, esperanzas, afectos y conductas instintivas; es síntesis de una imagen socioeconómica, de clase, de pertenencia ambiental, de grupo racial o de pose sexual del usuario en la que él se ve reflejado y se convierte en un factor diferenciador frente a los demás en su vida cotidiana.”3
Alguna vez leí de Peter Gabriel la frase “por nuestros objetos nos conocerán” refiriéndose al futuro, cuando los arqueólogos en sus excavaciones encuentren lo que alguna vez nos perteneció. A mi juicio, eso es cierto, pero no podemos olvidar que ese proceso de codificación y decodificación también se hace in situ.
Medina, reconoce en la ciudad una dimensión semiótica, dimensión que permite al sujeto mezclarse entre la multitud y ser simultáneamente actor y espectador, o dicho de otra forma, emisor y receptor de mensajes. “El hombre moderno, el hombre de las ciudades, pasa su tiempo leyendo. Lee, ante todo y sobre todo,
imágenes, gestos, comportamientos” (Barthes citado por Medina 2008, 124).
Debo agregar que en esa lectura de la que nos habla Barthes, el imaginario colectivo y los motores culturales juegan un papel fundamental, pues son en gran medida la base sobre la cual emitimos un juicio o hacemos una interpretación. En la sociedad paisa uno de los motores culturales más sobresalientes es el ideal de progreso, el cual tiene una relación directa con la capacidad o el poder económico y es por eso que el vehículo privado resulta ser un elemento tan importante para nuestra cultura. Cuando uno de nosotros ejerce propiedad sobre este objeto no solo expresa una necesidad práctica, sino que da un claro mensaje de su capacidad económica en dos formas: marca y precio.
En este caso el objeto (vehículo) se convierte en el medio a través del cual el sujeto busca legitimidad, reconocimiento e identidad. Dicho de otro modo, ser reconocido como un autentico miembro de un determinado grupo social. “Para el individuo el aspecto exterior asume la función de un test cotidiano de habilidad; a través de una serie de autopresentaciones, el individuo no sólo intenta mostrar su aspecto mejor, sino también discutir y controlar las respuestas de los demás” (Squicciarino citado por Medina 1984, 124).
Con esto no quiero decir que el cuidado de la imagen motivada por una necesidad de aceptación y admiración social sea un elemento exclusivo de los antioqueños, digo que las presiones sociales de nuestra cultura son tan fuertes que nos han hecho creer que “quien no tiene un vehículo privado es porque no tiene poder adquisitivo y eso supone haber fracasado.”4
Los efectos de dicho pensamiento, son por supuesto nefastos y tan conocidos que no necesito ni siquiera mencionarlos; es hora de cambiar el paradigma de que el transporte público es para los pobres. Los problemas que actualmente enfrenta nuestra ciudad en el tema de movilidad no se solucionan generando nuevas políticas de contención, tampoco construyendo nuevas vías, ni siquiera ampliando la cobertura de los sistemas integrados de transporte.
El primer paso para la solución debe darse en el terreno psicológico, removiendo las actuales estructuras cognitivas y así lograr un cambio de hábitos que sea realmente significativo para el sujeto.
1 Medina Cano, Federico (1984). El automóvil: símbolo social. Comunicación social. 7, 17-20
2 Medina Cano, Federico (2008). La ciudad: un texto múltiple. Una propuesta de lectura de los espacios públicos. Con-Textos. 20, 111-144
3 Medina Cano, Federico (1984). El automóvil: símbolo social. Comunicación social. 7, 17-20
4 Zuzena, Ekintza. El Coche. En http://foster.20megsfree.com/7.htm consultado el 5/11/2012
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